Cuando dibujo de imaginación me sale un estilo bastante cómic, incluso un poco infantil. No lo hago conscientemente, simplemente me sale. Y aunque no me disgusta, no creo que sea el tipo de dibujo que me represente.
Con las referencias fotográficas me pasa otra cosa. Dame una buena referencia y soy feliz. Me encanta sentarme simplemente a observar: formas, luces, sombras, colores... Se me queda la cabeza en encefalograma plano y puedo pasarme horas así.
¿El problema? Que luego termino, estoy contenta con el resultado y pienso: muy bien, Amanda, pero has vuelto a dibujar una foto de Pinterest. Porque claro, siempre tiene que haber algo.
Y eso es lo que me gustaría ir cambiando.
No quiero dejar de utilizar referencias. NO. Me gustan y además forman parte de lo que disfruto del dibujo. Pero sí quiero aprender a usarlas de otra manera: coger una pose de aquí, una expresión de allá, cambiar colores, añadir cosas, quitar otras... y conseguir que la referencia sea cada vez más un punto de partida y menos el dibujo en sí.
Hay artistas como João Ruas, Álvaro Escribano o Eliza Ivanova cuyo trabajo me fascina precisamente por esa capacidad de llevar las imágenes a un terreno completamente suyo. Miro sus dibujos y me pregunto de dónde habrá salido todo eso. Y ese es un camino que me gustaría explorar. Encontrar el punto medio entre el encefalograma plano y el lenguaje propio.
Mientras tanto, sigo practicando. Cuando trabajo con una fotografía tampoco intento reproducirla exactamente porque, sinceramente, me aburriría. Prefiero soltar la mano, interpretar y ver qué pasa.
Así que dejo por aquí algunas de las referencias que he utilizado y los dibujos que salieron de ellas.
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